Zinedine Zidane: Un elefante con cerebro de bailarina

El título corresponde a una frase que Jorge Valdano utilizó para retratar al Zidane futbolista. Y aunque su historia hoy se escribe desde el banquillo —como flamante entrenador del Real Madrid—, sobra decir que pocos han sabido brillar tanto sobre el pasto y el banco técnico como el francés.

Tuve la suerte de ver a Zinedine Zidane, de verlo en vivo y en directo. Fue en París, en el verano del ’98. Era uno más en un estadio atiborrado de franceses. La selección gala enfrentaba en la final de la Copa del Mundo al Brasil de Roberto Carlos, Dunga, Rivaldo, Bebeto y Ronaldo. Dirigidos por Zagallo, querían volver a su país con el hexacampeonato bajo el brazo. Bastaron 45 minutos para tener la certeza de que esa noche ningún brasileño iba a reír, que nadie habría de bailar samba, que el sueño de un nuevo título quedaría postergado para otro momento. Bastaron, para ser más preciso, dos cabezazos inolvidables de Zizou, dos testazos que bien pudo haber asestado un elefante —uno a los 27’; el otro, en los descuentos del primer tiempo— para que La Marsellesa tuviese aires de carnaval.
Ese episodio es uno de los más notables de la carrera futbolística de Zinedine Zidane. Una carrera que se prolongó por 17 años, comenzando en mayo de 1989 en el A.S. Cannes y terminando en el Real Madrid, en julio de 2006; la misma que ahora ha extendido como flamante técnico del Real Madrid, posición desde donde ha ganado cinco de los siete títulos que le tocó disputar en apenas un año y medio.
Zizou es hijo de padres argelinos, pero creció en un barrio difícil de Marsella: La Castellana. Ubicado al norte de la ciudad, se trata de un enclave de clase baja, donde la delincuencia es una circunstancia más de la vida del barrio. Hasta ahí llegaron Smail y Malika —sus progenitores—, luego de que en 1962 Argelia consiguiera su independencia y expulsara del país a los que habían combatido junto al ejército francés.
En la plaza que había frente a su casa, y que se extendía a lo largo de 150 metros y a lo ancho de quince, el pequeño Zinedine, el menor de cinco hermanos, comenzó a soñar que podía ser futbolista. En el mismo lugar donde hoy se levanta un túnel por donde cruza el TGV,  Zizou y sus amigos inventaban jugadas. En ese barrio lleno de carencias, Zidane ensayó una y mil veces una pirueta que patentaría una vez que se consolidara en el profesionalismo: la ruleta marsellesa (jugando hacia delante, deslizaba con la derecha o la izquierda el balón hacia atrás y salía pisándolo, con el otro pie, en sentido contrario al juego).
Si en la cancha veló sus armas futbolísticas, en el hogar dio forma a su ideología deportiva. “A mis padres les debo todo —cuenta Zidane—. Me dieron una educación maravillosa, severa pero justa. Me enseñaron el respeto y la humildad. Sin estas líneas fundamentales que he utilizado en mi vida y en el fútbol, mi existencia hubiese sido mucho más difícil de lo que fue”.

EL INFLUJO DE FRANCESCOLI
Zizou vivió una infancia dura en La Castellana. Muchas veces acompañó a su padre en los trabajos de albañilería con los que se ganaba la vida. El dinero no sobraba. En el colegio no le iba mal. Pero si por algo comenzó a destacar, no fue precisamente por sus calificaciones. Zinedine tenía un talento que fue tomando forma al amparo de la idolatría que Zizou sentía por el uruguayo Enzo Francescoli. Lo vio jugar cuando el charrúa defendía al Olympique de Marsella. “Desde el primer minuto quise ser como él. Jugar como jugaba Francescoli. Esa elegancia, esa manera de pegarle a la pelota. Si lo hubiera tenido enfrente en ese entonces hubiera sido capaz de besarle los pies”, reconoce.
Fue tal el influjo del uruguayo que además de heredar parte de su manera de jugar, Zidane decidió hacerle un homenaje y bautizar a su primer hijo —que hoy viste la 10 en el Deportivo Alavés— con el nombre del volante uruguayo, Enzo.
Pero en esos días de la infancia, con la pobreza que golpeaba la puerta de la familia Zidane, el chico atisbó en el fútbol una salida a ese mundo de urgencias y necesidades. Un veedor del A.S. Cannes, Jean Varraud, lo vio jugar y quedó sorprendido: “Podía pasar a uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis jugadores. Era sublime. Un talento que no había visto jamás. Sus pies hablaban con la pelota”, recuerda Varraud.
Así, con solo 14 años y la timidez a cuestas, se mudó a 180 kilómetros de su casa natal, para cumplir su sueño. Tres años después debutaba profesionalmente contra el Nantes y convertía su primer gol: un globito perfecto ante la salida del arquero. Gracias a su gran actuación, los dirigentes le dieron un premio en dinero. Zidane ocupó parte de esa prima para comprarse un jeans Levi’s, el resto se lo envió a su familia.
La leyenda estaba en marcha.

EL CIELO EN TURÍN
Zidane es uno de esos jugadores únicos. Un caso irrepetible. No conozco otro futbolista como él. En la Juventus y el Real Madrid —los únicos dos clubes extranjeros en los que militó, luego de defender al A.S. Cannes y el Girondins de Bordeaux— desplegaría en plenitud ese estilo tan particular de zancadas largas, refinadas, con un dominio del tiempo y las distancias más propios de un físico que de un jugador de fútbol. Con él pasaba un poco lo que ocurre en el cuento El Perseguidor, de Julio Cortázar, donde el protagonista, un saxofonista hecho a la medida de Charlie Parker, desarrolla su particular noción del tiempo, el tiempo como una unidad elástica, en el que puede caber toda una vida en solo cosa de minutos, entre lo que puede durar un viaje en metro de una estación a la siguiente. Con Zidane es lo mismo: mientras para los otros una jugada se resuelve en cosa de segundos, para Zizou la velocidad de los sucesos es mucho más lenta, y mientras sus rivales solo alcanzan a abrir y cerrar los ojos, él puede pensar qué hacer, resolver si la opción A es mejor que la B, analizar en detalle la situación, antes de soltar ese zapatazo virulento que acabará con la resistencia del arquero.
Jorge Valdano instaló esa frase que retrata al Zidane futbolista con una claridad prístina: “Es un elefante con el cerebro de una bailarina”. No fue lo único que dijo. Explicó también que Zidane tiene en su cabeza un disco duro que junta la historia del fútbol europeo y la del fútbol sudamericano. Y agregó: “El único reloj que da la hora justa es el de Zidane. Tiene un panorama amplísimo; sabe cuándo hay que tener la pelota y cuándo hay que soltarla; sabe cuándo hay que jugar en corto y cuándo hay que jugar en largo, sabe cuándo hay que tocar a los laterales y cuándo hay que profundizar”.
En la Juve —club al que llegó en 1996— conformó un equipo temible junto a jugadores de la talla de Edgar Davids, Alessandro del Piero, Didier Deschamps y Christian Vieri, entre otros. Por lo mismo, no fue extraño que ganaran casi todo: la liga italiana, la Copa y la Supercopa de Italia,  además de la Copa Intercontinental.
Su gran momento en el club turinés coincidió con su mejor nivel en la selección de Francia. Jugando en casa, los franceses buscaron hacerse de su primer título mundial en 1998. Tenían un buen equipo, donde brillaba Fabian Barthez, Marcel Desailly, Laurent Blanc, Yuri Djorkaeff y por supuesto Zizou. En la final contra Brasil, marcó dos goles, ambos de cabeza, en el 3-1 definitivo a favor de los franceses.
Para Zidane esos dos goles son el recuerdo más importante de su carrera, por la emoción y por lo que aquello significó: “Al final, teníamos la sensación de haber hecho algo maravilloso que iba más allá de las fronteras del fútbol. Todo el mundo se unió a la misma causa. Ya no había franceses, ni negros, ni árabes. Más allá de la victoria, nuestro éxito reunió a todo un país en una sola fiesta”.
Y aunque tras el Mundial su rendimiento en la Juve no fue el óptimo —porque no tenía ganas de jugar, solo quería disfrutar la victoria—, le alcanzó de sobra para ganar el Balón de Oro de ese año, superando a Davor Suker y a Ronaldo.

ZIDANE GALÁCTICO
Su transferencia al Real Madrid en 2001 fue, en su momento, la más costosa de la historia: 73,5 millones de euros. La llegada al club merengue significó todo tipo de comentarios, a favor y en contra. Algunos dudaban si realmente el francés iba a aportar lo suficiente en función del coste de su traspaso. Pero terminó imponiendo su talento al lado de compañeros de la talla de Figo, Beckham y el brasileño Ronaldo, con quienes formaron un equipo conocido como Los Galácticos.
Con el número 5 en la espalda, Zidane demoró un poco en ganarse a la afición merengue. Con los dirigentes ocurrió algo parecido, pero una vez que vieron las cifras que Zidane generaba y su rendimiento en alza en la cancha terminaron rindiéndose a sus pies.
Si antes de la llegada de Zidane los amistosos con el Real Madrid se cotizaban a 900 mil euros, con Zidane en cancha la suma se elevó a dos millones de euros. Y los ingresos del club pasaron a de 19 mil millones de pesetas a 25 mil millones por partido. Y no hablar de la camiseta con el dorsal número 5: vendió más de un millón de unidades el primer año.
Pero hubo un momento en el que la relación entre Zidane y el hincha merengue se selló a fuego. Fue el 15 de mayo de 2002, en el Hampden Park, en Glasgow. Real Madrid disputaba la final de la Liga de Campeones ante el Bayer Leverkusen. Raúl había abierto la cuenta para los españoles, y Lúcio igualó para los alemanes, todo eso en el primer cuarto de hora del partido. Cuando el primer tiempo expiraba, un ataque merengue llevó a Roberto Carlos a correr por la banda izquierda tras una pelota. Antes de que llegara a la línea de fondo, el brasileño sacó un centro alto que llegó a la posición de Zidane, quien antes de que el balón tocara el suelo lo empalmó con una volea sorprendente que marcaría el 2-1 definitivo brindado para el Real Madrid su novena copa de campeones.
“Fue un centro atípicamente alto, pero si él hubiera mandado un centro perfecto, quizá yo no hubiera marcado esa volea, así que de hecho estoy contento con el centro que entregó, incluso aunque me llegó desde muy alto. Lo único que me dije a mí mismo era que tenía que situarme bien detrás del balón y colocar mi cuerpo en la forma perfecta, y eso es lo que hice. Es algo que sin duda solo ocurre una vez en la vida, y a mí me ocurrió ese día en la final de la UEFA Champions League”, cuenta Zidane.

UN ELEFANTE QUE PERSISTE
Muchos pensaron, tras la final de la Copa del Mundo 2006, que la última postal que veríamos de Zinedine Zidane en el fútbol sería el cabezazo que le dio a Marco Materazzi y que le costó la expulsión en el partido decisivo contra Italia —terminaron empatados a 1 gol y en definición a penales venció Italia, coronándose campeón del mundo—. Semanas después se despediría en el Bernabéu de la afición madridista. Con solo 34 años, el francés con porte de modelo de pasarela decidía dejar el fútbol antes de que el fútbol lo dejara a él.
Pero no resulta fácil abandonar una pasión tan intensa como la que Zizou profesaba por el fútbol. De manera casi natural, la pelota volvió a entrar a su vida. Primero por el lado de sus hijos: Enzo, el mayor, ya seguía sus pasos; y los otros traían los estoperoles dibujados en los genes, al punto que hoy mientras el primogénito milita en el Alavés, los otros tres —Luca (19), Théo (15) y Élyaz (12)— juegan en las divisiones inferiores del Real Madrid.
Luego, la idea de convertirse en entrenador cobró fuerza y, una vez que se decidió, partió sentándose al lado de Carlo Ancelotti, como asistente técnico en el Real Madrid. Estuvo prácticamente dos temporadas en la banca del Bernabéu, tiempo en el que consiguió una Copa del Rey y una Champions League. Al cabo de eso, el italiano le dijo que había llegado la hora de volar solo, y partió a hacerse cargo del Castilla, filial del club merengue que milita en la Segunda División B.
El resto de la historia se esta escribiendo ahora. Desde que llegó al Real Madrid en enero de 2016, para suceder a Rafa Benítez, ha ganado prácticamente todo: dos Champions, una Liga, una Supercopa de Europa y un Mundial de Clubes, cinco de siete títulos en temporada y media. Y no solo eso, el Real Madrid ha vuelto a jugar como en sus épocas de mayor gloria, asumiendo un ideario que fue el que hizo grande al propio Zidane cuando era futbolista. Una ideología que se resume en tres palabras que ya son parte del corazón merengue: elegancia, valentía y perseverancia.

Comentarios

comentarios