Arturo Vidal: Un rey de cara sucia, sudor y barro

El futbolista chileno más ganador de la historia quiere coronar sus últimos sueños en el Barcelona, los que le falta cumplir. Y los que nadie creyó que siquiera iba a aspirar cuando era el cometierra en la polvorienta cancha del Rodelindo Román. Estos son sus orígenes

Por Nicolás Olea.

La gente mayor con buena memoria recordará que la comuna de San Joaquín no existe hace mucho tiempo. Fue creada en 1981, como un riñón de la comuna de San Miguel, en el mismo lugar donde 30 años atrás se habían concedido terrenos para que los funcionarios municipales hicieran sus casas.
Uno de esos sectores era la población El Huasco, donde a mediados de 1950 desembarcaron obreros de San Miguel a levantar sus sueños. Entre ellos estaba Arturo Pardo, basurero del sector, quien junto a su mujer Uberlinda Castillo llegó a vivir Paradero 14 de avenida Santa Rosa. Junto a sus colegas se instaló para formar el lugar que más tarde sería su tumba.
Don Arturo falleció trágicamente. Lo arrolló una micro cuando iba en la parte trasera del camión recolector. Fue uno de los primeros mártires de la población y por eso su nombre está en una de sus calles.
Pero también en el de su nieto, el máximo orgullo del vecindario: Arturo Vidal.
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La población sufrió un duro empobrecimiento a partir de los 80. Los funcionarios habían jubilado y sus modestas pensiones no alcanzaban para lo mínimo. El Huasco se convirtió en un suburbio y reunió las condiciones que formaron a los mejores futbolistas en todo el mundo.
Vidal nació en 1987 y no había para mucho. Su madre Jacqueline lo bautizó con el nombre de su padre y le dio la responsabilidad de ser el primer varón, sobre todo después de que echó de la casa al padre de Arturo, Erasmo, por llegar pasado de tragos y quemar parte del hogar.
De ahí en más se las arregló sola con cinco hijos. Y una noche de invierno, al llegar entumecida de frío a la casa con los pies mojados luego de lavar alfombras, la agarró Arturo: “Mamita, voy a hacer lo posible para que nunca vuelvas a pasar por esto”.
El deseo de Vidal se convirtió rápidamente en la obsesión de todo un barrio.
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Al frente de la casa de los Vidal Pardo había una cancha. Ahí el pequeño Arturo se convertiría en el cometierra, porque de tanto correr tras la pelota el polvo y él se hacían uno.
Erasmo lo había integrado a los dos equipos en los que jugaba: el Ricardo Mejías de La Victoria y en el Rodelindo Román de San Joaquín. También estaban sus primos y tíos, por lo que Vidal prácticamente creció con esa camiseta verde.
Y de ahí saltó al mundo. En esa cancha de la esquina del Pasaje Aníbal lo vio Jorge Toro, ídolo de Colo Colo y primer jugador chileno que triunfó en Italia. El crack iba a un mecánico del sector, se encontró con el niño y anotó su nombre en un papelito.
“Lo conocí antes de Colo Colo. Su tío era mecánico y me veía el auto, un Opel. Y veía siempre a ese chico practicando solo en una cancha cerca de su casa. Yo también jugué en esa cancha, cuando me retiré y fui sénior. Jugué contra el Rodelindo”, recuerda el tercero del mundo en 1962.
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Vidal comenzó a destacar por técnica y desparpajo, pero sobre todo por personalidad. Además, desde pequeño tuvo a Víctor Albornoz, otro nieto de don Arturo Pardo, el primero que entendió que las condiciones del pequeño Arturo podían salvar a su familia.
Lo mismo Jacqueline, que entrenaba con Arturo hasta más no poder. Por eso la eligió como “su referente de pequeño” en una reciente entrevista en Barcelona: “Era mi mamá, cuando jugaba. Porque ella jugaba fútbol”.
Del Rodelindo Román vino el primer salto de Vidal, hasta Melipilla. Pero Arturo nunca estuvo en Melipilla, sino que solamente en una escuela de fútbol del Parque O’Higgins, que tenía el derecho de representar a ese equipo en las divisiones menores de la ANFP.
En el año 2000, Vidal jugaba para los Potros ante Palestino en La Cisterna. Hizo tres goles y su equipo perdió 7-3, mientras el entrenador Luis Hernán Carvallo le decía a Víctor Albornoz lo bueno que era su primo.
Así lo recuerda su entrenador entonces, Víctor Padilla. “El hecho de llegar a Melipilla determinó su posición. Él era muy hábil y como éramos un equipo reguleque, lo pusimos lo más cerca posible del arco rival, pues en caso de que le llegara la pelota, él podía pasarse a uno o dos niños y hacía un gol. Así lo armábamos, como un volante con llegada y distribución”.
“Pero como no le gustaba perder, empezaba a retroceder y terminaba pateando los saques de fondo, como en un circo pobre. Por eso, aunque tiene la arrogancia del delantero, no puede soportar que a su equipo lo estén atacando. Él defiende y avanza. Le gusta el gol, pero no se queda mirando desde el otro lado de la cancha como un delantero”.
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Como las cosas no mejoraban en Melipilla, Albornoz se acordó de Toro y del papelito. Hablaron con otro primo de Arturo que era cadete en Colo Colo, Gonzalo Vásquez, y un día Arturo Vidal fue a una prueba masiva en el estadio Monumental. Toro se lo indicó al ojeador Marcelino Espina, padre de Marcelo Espina. El argentino tomó su teléfono y le dijo a un dirigente que “teníamos un fenómeno”.
Lo trataron de inscribir al minuto, pero el pase del jugador pertenecía a Melipilla. Por eso se pasó el año jugando donde se lo permitieran y comenzó a “galletear” en todas las canchas del Monumental, mientras recuperaba su carta.
“Era un chico muy carenciado. Tenía una canchita de fútbol cerca de su casa y pasaba todo el día ahí. Lo habían recomendado Gonzalo Vásquez y Jorge Toro, pero después Patricio Contreras no lo pudo inscribir. Así que yo lo mandaba de nuevo a las pruebas para que se entrenara. Se iba al fondo, a las últimas canchas del estadio, y después se iba. Yo le decía volvé, volvé, que vas a llegar. Lo habían rechazado muchas veces”, asegura Marcelino.
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Hasta que se encontró a Hugo González y comenzó su historia. El multicampeón defensor de los 80 y 90 vio pasta ganadora en el morenito delgado y comenzó a incluirlo en su categoría en las divisiones inferiores albas, no sin antes pasar largos meses de espera porque Melipilla lo había inscrito primero.
Por esos días, Colo Colo estaba en continuidad de quiebra. Pero se mantuvo la inversión en los cadetes y Vidal podía alimentarse como correspondía. Incluso llevaba una fruta o un sándwich para los hermanos.
Mientras, Víctor Albornoz hacía un contacto que dejaría huella en el futuro. El preparador físico de Fernando González, Carlos Burgos, adoptó a Vidal en la Clínica MEDS y el niño comenzó a hacerse hombre a punta de mucho sudor y batidos proteicos.
Vidal entrenaba tres veces al día. De madrugada en la clínica, cuando había espacio para él. Luego en Colo Colo, en la serie que pudiera. Y por las tardes se daba una vuelta al Parque La Castrina o la cancha del Rodelindo para seguir fortaleciéndose. Hacía todos los traslados en una bicicleta azul que los palomillas le escondían en el Monumental. Y se acostaba a las 9 de la noche, como deportista de elite.
Comenzaron a llegar las oportunidades, pero siempre a cuentagotas. El técnico Marcelo Espina lo llevó de refuerzo a una pretemporada de Colo Colo en Constitución y ahí debutó, en un amistoso ante Universidad de Chile el 12 de enero de 2005 disputado en el estadio Enrique Donn Müller ante tres mil espectadores. El Cacique perdió 2-1, con gol de Sergio Gioino y Vidal a partir del minuto 71.
Espina lo volvió a alinear, esta vez de manera oficial, en el último duelo de la fase regular del Campeonato de Apertura de ese año ante Melipilla. Ese día reemplazó a Héctor Tito Tapia.
“Arturo era un jugador bastante querido. Un tipo liviano de sangre, que entró bien en el plantel. Solamente no jugaba porque era más chico. En ese equipo nos protegíamos entre nosotros, sobre todo a la gente de casa”, recuerda el hombre que hoy entrena a Colo Colo.
Una curiosidad: Tapia se fue a préstamo a Unión Española y le dijo a Fernando Carvallo que preguntara por Vidal. “No lo ponen”, explicaba el entonces delantero. La operación no se dio, pero fue primer y último partido para Arturo: entre Espina y su sucesor, Ricardo Dabrowski, le hicieron la ley del hielo a Vidal. “Cómo me hizo sufrir ese caballero”, ha dicho doña Jacqueline sobre Espina, mientras a su hijo le tocó pasearse hasta por el Torneo de Reservas mientras aguardaba por una nueva oportunidad.
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Y curiosamente, esta chance no llegaría en Colo Colo. El veterano entrenador José Sulantay dirigía la selección Sub 20 de Chile y andaba mirando jugadores. Como vivía casi al frente del estadio Monumental, un sábado cruzó la calle Marathon y junto a su ayudante Daniel Morón vio un partido de reservas para sondear elementos.
Le mostraron a un tal Cristóbal Jorquera, pero el Negro José se quedó viendo a otro chico, de tez morena, que con la camiseta número 4 completaba el equipo albo. Vidal aparecía casi “para completar” en el equipo que dirigía Raúl Ormeño pero a Sulantay le quedaron grabadas dos cosas: su gran intensidad en el juego y el hecho de que después del partido, recogiera las pelotas y ayudara a los utileros.
“El 4 es el único que me llena el gusto. Es pechugón y patudo para jugar. Tiene una personalidad especial”, pensó don José, y lo convocó a entrenar en Juan Pinto Durán.
Un par de meses después, el hombre estaba acostumbrado a entrenar con un equipo donde se forjaba la base de la Generación Dorada, con Mauricio Isla, Gary Medel, Vidal y Alexis Sánchez como los que llegaron más lejos. Con varios de ellos viajó hasta Puebla para un amistoso ante México. Fue triunfo de Chile y un insospechado pasaporte al éxito para Arturo.
En los palcos estaban Iván Zamorano y Hugo Rubio. Los dos eran muy amigos de Claudio Borghi, quien había asumido la conducción técnica de Colo Colo luego de un gran debut en la banca de Audax Italiano. Y le dijeron que Vidal era un fuera de serie.
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El año 2006 terminó de forjar al jugador y lo preparó para el salto al primer mundo futbolístico. Fue inamovible en la selección Sub 20 y consentido de Borghi, quien lo hizo entrar en un clásico ante Universidad de Chile, para regalar 13 minutos de altísimo nivel y terminar celebrando el primer título de su carrera en el Estadio Nacional.
Nelson Acosta también lo dejó anotado para el futuro de su selección adulta. “A veces llegaba a los entrenamientos y jugaba de (zaguero) central. Le sobraba la personalidad y todo el mundo se preguntaba quién era ese cabro tan agrandado”. Su debut por la Roja adulta fue ante Venezuela en Maracaibo.
Así recordaba Don Nelson el encuentro con Arturo. “Cuando ni siquiera estaba en el primer equipo de Colo Colo yo le decía a Sulantay que me lo pasara para entrenar con los adultos. Aquí en Chile agrandan a cualquier huevón y todos dicen que hicieron debutar a éste o el otro. Pero yo hice debutar a Vidal, a Alexis y a Gary, que no había jugado nunca, ni siquiera en la UC”-
Eran tiempos en que Vidal exigió la capitanía de la Roja Sub 20. Sulantay hizo una votación y los elegidos fueron Carlos Carmona y Gary Medel. Celia Punk, como le empezaron a decir, salió tercero y se amurró.
Pero vino el Campeonato Sudamericano de Paraguay, donde Vidal haría click de manera definitiva con su estelar futuro. Aunque es más recordado por su furiosa dedicatoria tras marcarle dos goles a Brasil en un empate 2-2 de Chile con dos jugadores menos.
“Esos son los huevos que tiene que meter Chile en todos lados. Los brasileños no lo pueden creer, porque pensaron que no teníamos garra. Pero demostramos que tenemos así unos huevos. ¡Ahí quedó Brasil!… ¡Ahí quedó Brasil!”.
Ese día, perdido en la tribuna del estadio de Pedro Juan Caballero, Jonas Boldt no entendía mucho. Un joven alemán de 24 años y antepasados argentinos que había egresado de Gestión Deportiva e hizo una pasantía en el Bayer Leverkusen.
Decidió que era el momento de conocer sus orígenes sudamericanos y qué mejor que viendo fútbol en ese campeonato. Pero desde Alemania le pidieron un favor: que si veía un buen lateral izquierdo con proyección de Bundesliga, avisara de inmediato al Leverkusen.
Boldt ya había educado el ojo futbolero y sabía que Vidal no era el indicado, porque necesitaba a alguien eminentemente rápido. Pero los buenos informes que tenían del chileno eran todos ciertos y se quedaban cortos.
“Es un ganador y lucha hasta que termina el partido. Además tiene muy buena técnica, entiende bien el fútbol y quiere hacer goles. Es un jugador casi completo, solo le falta un poco de velocidad”, le mandó a decir Boldt a Rudi Völler, gerente del equipo de la Aspirina.
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Lo que viene es una carrera que no se detiene. Chile clasificó al Mundial Sub 20 de Canadá en febrero y Borghi no sacó más a Vidal del once titular de Colo Colo. “Si a los 18 años podés ir a la guerra, podés jugar fútbol. Si hay una guerra entre Chile y Argentina, los pibes de 18 van a pelear. ¿Podés ser papá a los 15, pero no jugar fútbol?’’, justificaba el Bichi.
En el Cacique también se lo tomaron en serio. Vidal había gastado lo poco que ganaba en una remodelación de su casita en El Huasco, pero solo alcanzó para ladrillos y cemento. Borghi les pidió a los dirigentes que lo visitaran, y al ver las condiciones, las ventanas con plásticos y el único sillón roto en medio de la sala, decidieron intervenir y maestros del estadio Monumental se encargaron de las obras.
En abril se acabarían todas las pellejerías: desembarcó en Bayer Leverkusen en Santiago detrás de un objetivo que hasta entonces era secreto. La prensa habló del interés de los alemanes en Gonzalo Fierro y Humberto Suazo. El gerente Rudi Völler fue al estadio Monumental a ver un encuentro de Copa Libertadores y después se fue a probar vinos al Bar Liguria. Ahí se le salió que Vidal era su hombre.
Al final, el jugador fue vendido en 10 millones de dólares por el 70 por ciento del pase. Fue el momento en que su vida cambió para siempre y pasó a ocupar un lugar en el primer mundo futbolístico. Antes de irse a Alemania, Vidal llevó a su madre a Puente Alto, donde le había comprado una casa enorme.

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